Corto

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Corto

El olor me volvía loco. Tan sólo una partícula de aquel impetuoso aroma podría cambiar el estado de cualquiera de los míos, agarrarlo por el cogote y llevárselo hacia él. Pero yo era más fuerte, o así lo creía. De todas formas, mis viejas cadenas, mis viejas amigas no dejarían que me fuera tan fácilmente.

Segundos después cambiaría de opinión. Segundos después todo un mundo de fragancias y hedores desaparecía tras aquel aroma, que aumentaba de peso en proporción al tiempo, la cordura también se desvanecía y con ella todo mi ego y debilidad. Enloquecí y grité. Rompí las cadenas, aunque no me percataría de ello hasta mucho más tarde. Corrí colina abajo y salté el gran muro. Mucho tiempo atrás me había preguntado qué habría detrás de él. Ahora ni siquiera se me pasó por mi pequeña cabeza. Tiempo atrás mi imaginación viajaba por todo un abanico de mundos que podrían encontrarse tras el gran muro, y de los cuales sólo un pequeño porcentaje de él llegaba a percibir, mas servía para guiarme hacia una elección utópica y maravillosa. Ahora, que este mundo fuera agrio o salado, negro o blanco, dulce o amargo, frío o cálido no importaba un carajo. Ahora sólo me importaba él. Y me esperaba al final del odorífero camino. –¡Es una trampa, un ardid!-, gritó el de dentro . Pero no le hago caso, no tengo tiempo de pensar. Además, dicen de nosotros, los de nuestra raza, que no somos capaces de ello, así que sigo mi ruta; cada vez más rápido, casi sin importarme nada de mi alrededor.

Tú avanzabas en dirección contraria, pero ambos éramos arrastrados hacia el mismo punto, donde tú dormiste para siempre. Lo tuviste más fácil al no estar encerrada en ninguna parte, al no tener que saltar un gran muro ni romper unas viejas cadenas. Quizás fue esa facilidad, esa libertad lo que te cegó más de lo que yo podía haber estado.

Cuanto más cerca nos encontrábamos menos me veías. ¿Acaso me percibiste cuando estuve a dos pasos de ti? ¿Acaso me oíste cuando mordí el mismo trozo de animal condimentado que tú devorabas? No, tú eras como los demás. No guardabas dentro de ti a nadie que te aconsejara y ayudara. Por eso caíste en el maldito sueño sin fin, en la maldita emboscada de Ellos, esos malditos bípedos a los que tanto nos gusta hacer la pelota...

Siempre he sido partícipe de la idea de conseguir algo por el mero hecho de hacerlo, de trabajar y sufrir para llegar hasta él; para una vez cruzada la meta no saborear el premio por ser tal, sino pensando en lo que me ha costado lograrlo.

Quizás por eso, el aroma del manjar que ahora tenía delante de mí, que nos había capturado bruscamente y manipulado la voluntad desde tan lejos, dejó de cegarme.

Sólo por instinto suelto la carne que estaba mordiendo. Luego, mi capacidad de razonamiento me haría saltar el obstáculo.

Es demasiado atrayente, demasiado fuerte, demasiado fácil. Ellos, en el fondo, siempre nos han odiado. Ahora nos regalan su imposible ayuda y miran como nos almorzamos esta bendición caída del cielo.

Oculto entre los demás, simplemente observo con cautela toda la situación. Me sorprendo al ver a tantos compañeros juntos en un festín, mas encontrándose solos dentro de sí. Ninguno se ha parado a pensar en algo más allá de sus pellejos. Ninguno en toda su perra vida. Ninguno salvo yo.

Me sacan de mis pensamientos, las terribles arcadas que sacuden a un joven cercano a mí. Los demás no parecen percatarse de ello. Yo no aparto la mirada de él hasta que su vida se le escapa de las manos, entre espasmos y afónicos gritos. Apenas tendría seis meses. Nadie se apiada de él.

No me extraño al observar que varios más siguen su fatídico camino, entre los cuales te encuentras tú. Termino siendo el único en pie y advierto como Ellos me observan desconcertados, al único de mi raza que sigue despierto. Entonces, decido poner a prueba mi afición al teatro.

Recordando mis años de adicto al “Brake Dance”, hago que una vibración recorra mi cuerpo desde atrás hasta la cabeza. Toso, escupo, grito, saco la lengua. Finalmente, me derrumbo en el suelo y cierro los ojos.

Miles de pensamientos recorren mi sesera desde que siento el frío y sordo golpe de un leño de nogal en mi nuca hasta perder el sentido. Entre estos miles, cientos me repetían una y otra vez cuan desconfiados y animales pueden llegar a ser Ellos.

Poco a poco voy despertando. Me encuentro dentro de un receptáculo flexible, áspero y asfixiante. Me están moviendo. –¡Mejor esperar!-, gritó el de dentro . Es verdad, además, mi olfato no me dice nada aun. Sólo llego a percibir un rumor constante, presumiblemente perteneciente a la cosa que me transporta.

El rumor cesa de repente. Oigo el chirriar de una puerta. Siento un cambio de posición repentino y el choque frío que produce el golpe de mi cuerpo contra el suelo. El dolor me da fuerza y rabia. El estupor desaparece del todo y mi boca se abre. Muerdo enfurecido el tejido que me rodea y asomo mi cabeza por el hueco que acabo de hacer, esperando tan sólo recibir una mayor información sensorial. La luz brillante e indiferente azota mis ojos con fuerza.

En el preciso instante en que todas las piezas del rompecabezas encajan dentro de mi cerebro, cuando deduzco quiénes son Ellos y que es lo que están haciendo, en ese preciso instante, también deduzco que la suerte no me acompañó desde el principio, que yo no debía estar allí pues no pertenecía a la comuna de mis compañeros, que no podría hacer que Ellos lo entendieran, que el segundo golpe no sería tan suave, que es demasiado tarde para razonar...

No obstante, asumo mi destino con cierta alegría. Encontré, justo al final del camino, mi piedra angular, el sentido de mi vida, la conciencia de saber que fui diferente y que Ellos nunca lo supieron. Todo un secreto perdido para siempre bajo tierra. Me divierto pensando en el que decía ser mi mejor amigo, uno de Ellos; decía que me cuidaba y alimentaba, mas nunca soltó definitivamente mis cadenas. Me inundan las carcajadas recordando como lo engañaba, haciéndole creer que yo también era su amigo y que lo obedecía; mañana se llevará una gran sorpresa cuando venga a alimentarme como todos los días. El júbilo me enloquece en mis últimos instantes, pues recapacito en que Ellos viven y vivirán creyendo ser los más inteligentes, sabios, fuertes y dominantes: solamente yo sabré la verdad, y será un gran privilegio dejar que descanse conmigo durante toda la eternidad.

CESTOMANO 2007

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